sentimiento inferioridad

Complejo de inferioridad

El complejo de inferioridad corresponde a la vivencia de una insuficiencia psíquica o corporal profundamente enraizada en la persona.

Coincido con Freud en que el complejo de inferioridad no guarda una relación electiva con una inferioridad orgánica. No constituye un factor etiológico último, sino que debe comprenderse e interpretarse como un síntoma.

Prefiero hablar de sentimiento de inferioridad, en lugar de complejo, debido a que corresponde a un daño, real o fantaseado, que el infante puede sufrir: la pérdida de amor.

Un infante se siente inferior si nota que no es amado y lo mismo le ocurre a la persona adulta.

Los infantes que se sienten amados, se saben valorar. Cuando un infante sabe que es valorado y lo siente en las partes más profundas de su ser, se siente valioso. Cuando sea mayor se considerará válido y se cuidará a sí mismo de todas las maneras que sea necesario.

Igualmente, cuando un infante crece sintiéndose poco valorado y que no valía la pena que se ocuparan de él. Cuando es una persona adulta, aunque tenga unas buenas capacidades, no se sentirá valiosa y no se tendrá en cuenta.

El infante que no se siente amado por su padre o madre, siempre supone que no es digno de amor, en lugar de ver en ellos una deficiencia en su capacidad de amar.

Estadísticamente se ha constatado que un número elevado de infantes son abandonados durante la niñez, ya sea por muerte, deserción, negligencia o por falta de interés. Otros no son abandonados, pero no reciben la percepción de que nunca los abandonaran. Por ejemplo, hay padres o madres que para marcar la autoridad amenazan con abandonarles afectivamente “si no haces lo que te digo, no te querré”.

Otros sobreprotegen a los infantes, por la necesidad que tienen de sentirse buenos padres o madres, crecen sintiendo que no son válidos y por eso les dan ese trato.

Las relaciones paterno-filiales o materno-filiales se viven de múltiples formas. No existen padres o madres ideales, como tampoco existen personas ideales. 

La persona adulta se trata a sí misma, como se ha sentido tratada. Su relación interna estará marcada por como haya sentido su vivencia familiar. Dependerá de ella, seguir tratándose de la misma forma o modificarla.

Cuando la persona adulta está atrapada en una relación de desvalorización y desprecio consigo misma, necesitará ayuda psicoterapéutica para liberarse y poder bien mirarse.

 

El primer paso es auto-observar la relación interna. Hará falta prestar atención al diálogo interno, a que es lo que me digo a mí mismo.

Conocer cómo me trato es imprescindible para valorar si es un trato que me hace sentir bien o por el contrario me genera malestar y sufrimiento.

El segundo paso es intentar modificarlo si no es lo que deseo.

Cuando soy consciente de lo que está ocurriendo en mi mundo interno, puedo comprender la causa de mi bienestar o de mi malestar.

Ferenczi, psicoanalista húngaro 1873-1933, basa su teoría en que todo infante está expuesto a sufrir traumas por exceso o por defecto de estimulación de las personas adultas que le rodean y que también puede ocurrir que las necesidades del infante sean excesivas, debido a su constitución, tanto en sentido psicológico como en el biológico.

Cuanto más traumática haya sido la vivencia, más rígida será la armadura protectora que habrá construido el sujeto para seguir viviendo.

Estructuralmente, el sentimiento de inferioridad traduciría la tensión existente entre el YO y el SUPER-YO que lo condena.

La psicoterapia ofrece un espacio para conocer, comprender y modificar la relación interna, de modo que se pueda vivir de manera más plena y satisfactoria.

Al enfrentar y trabajar psicológicamente el mundo interno, no solo, se mejora la relación interna, sino que también se mejora la relación con los demás.

Este proceso demuestra que el cambio comienza desde dentro y que la comprensión del mundo interno es la clave para enfrentar los acontecimiento de la vida con mayor capacidad.